Los becarios, D’Artagnan y los tres mosqueteros

Los becarios, D'Artagnan y los tres mosqueteros - Parnaso

Siempre he pensado que los becarios tienen un valioso potencial en el seno de las empresas. Savia nueva, ganas, ilusión, maneras diferentes de ver las cosas… un cóctel perfecto que bien guiado puede aportar aspectos positivos en el día a día, en ocasiones viciado, de las compañías. 

Desde que comencé mis estudios, siempre tuve claro querer hacer prácticas para ampliar mi formación y tomarle el pulso a la realidad profesional a la que me encaminaba. Recuerdo mis primeros años de prácticas con cariño. Recuerdo la ilusión de las primeras veces: proyectos, jefes, compañeros, encuentros profesionales… pero también recuerdo los madrugones para coger autobuses con trasbordo incluido para llegar a la agencia, las jornadas maratonianas por una cantidad ‘simbólica’, las noches en vela pensando en ese concepto que no conseguía materializar gráficamente… Recuerdo tantas y tantas cosas. Recuerdo cosas bonitas y cosas que no lo fueron tanto pero que, con el paso del tiempo, me han hecho entender que también son necesarias en la vida de un ‘becario’ para irle dando forma como profesional.

Ahora ya no soy becario. Han pasado años de esas primeras veces y hoy soy yo quien se encuentra al otro lado. Ahora soy tutor de primeras veces que, en ocasiones, compruebo que poco o nada tienen que ver con las mías, pero también de otras en las que veo con orgullo cómo hay quienes saborean cada aprendizaje y ven en cada corrección una oportunidad de crecer no solo profesional, si no personalmente. 

No me gusta encontrarme con becarios que ven sus prácticas como un mero trámite para tener algo que poner en su CV, no me gusta ver desaprovechar oportunidades, no me gusta quienes vienen pidiéndote una oportunidad pensando que, por ser becarios, no se les va a exigir compromiso con su trabajo. No me gustan esos becarios. Me gustan los becarios que te miran a los ojos desde el primer día, los que vienen dispuestos a comerse el mundo, los que no preguntan a qué hora se van o los que trabajan sin descanso hasta encontrar en su mente eso que buscan. Me gustan los becarios con ilusiones, los que sueñan con un futuro en el que la creatividad y el diseño estén presente, los que se imaginan recogiendo premios, los que se visualizan contemplando en la calle una campaña creada por ellos… me gustan los becarios que tienen ganas de aprender, de formarse… y, sobre todo, me gustan los becarios que no dejan de sonreír y que te hacen sentir tremendamente orgulloso de formar parte de sus primeras veces.

Siempre he pensado que toda gran empresa lo es gracias al esfuerzo, tesón y buen hacer de quienes le conforman: sus trabajadores. Unos profesionales que, sabedores de su importancia, afrontan sus quehaceres diarios pensando en aquello que es mejor para la colectividad, y es que estoy plenamente convencido que el trabajo en equipo es la única y verdadera clave del éxito de una empresa. 

“Si difícil es conseguir equipos en los que sus miembros luchen por el éxito de la colectividad dejando a un lado vanidades poco productivas, no lo es menos, encontrar un líder que, en un acto de inmensa humildad, sea capaz de reconocer que, sin sus equipos, sin sus aportaciones y constantes retos, nunca hubiesen llegado a ser el líder que es”.

¿Quién no recuerda la mítica arenga de “uno para todos y todos para uno”, pronunciada por unos enardecidos mosqueteros cuando les arreciaba alguna dificultad? Los tres mosqueteros y D’Artagnan, D’Artagnan y los tres mosqueteros. Eslabones perfectamente enlazados dispuestos a dar lo mejor de sí mismos por el bien común. Un claro ejemplo de lo que son, o deberían ser, las entrañas de toda organización. la que nos brinda la gran obra de Alejandro Dumas.

El trabajo en equipo no siempre es fácil. La búsqueda del bien común se ve en ocasiones atacada por voces díscolas que lo único que buscan es el reconocimiento propio; voces que no pueden parar de repetir aquello que hacen bien; voces que necesitan en definitiva seguir alimentando su vanidad y que puede convertirse en el peor lastre en la estabilidad de una empresa. Ante esta realidad, demasiado frecuente en nuestros días, la figura del líder se torna imprescindible. Un líder que sepa canalizar y gestionar esfuerzos; que ensalce las fortalezas de sus equipos y que no comparta públicamente sus debilidades, aunque sea conocedor de ellas. Un líder ha de ser humano, empático y tener la capacidad de discernir aquello que quienes le rodean necesitan en cada momento; un líder ha de confiar y, sobre todo, ser conocedor que su grandeza como líder se mide no por sus éxitos, sino por la calidad y éxitos de sus equipos. 

Si difícil es conseguir equipos en los que sus miembros luchen por el éxito de la colectividad dejando a un lado vanidades poco productivas, no lo es menos, encontrar un líder que, en un acto de inmensa humildad, sea capaz de reconocer que, sin sus equipos, sin sus aportaciones y constantes retos, nunca hubiesen llegado a ser el líder que es. 

Si algo he aprendido en todos estos años de vida profesional es que líder no es quien posee un cargo en un organigrama -y lo mira orgulloso-, líder es aquél que se preocupa por las personas que tiene a su cargo; que ve más allá del director creativo, del ejecutivo de cuentas o del community que un día contrató; líder es el que disfruta y aplaude los triunfos de sus equipos. 

Y líder es, por supuesto, el que, convertido en el D’Artagnan de sus Mosqueteros es capaz de imprimir en su gente la necesidad de trabajar todos a una; el que busca la unión por encima de todas las cosas; el que es capaz de callar egos huecos; el que sabe que el éxito no es cosa de uno, sino de todos. 

Con el tiempo, todos los integrantes de Parnaso nos hemos convertido en grandes mosqueteros, hemos tomado conciencia de lo importante que es trabajar todos a una, sin excusas; hemos aprendido que nos necesitamos para ser grandes y que, en nuestro día a día, siempre hemos de buscar el bienestar profesional de quienes nos rodean. Y eso lo hemos conseguido gracias a nuestro D’Artagnan, que ha conseguido ver en cada uno de nosotros ese potencial que sumado al de los demás, dan forma al sello Parnaso, eso que nunca dudamos en defender y que nos ha llevado a ser una de las agencias más reputadas y premiadas de España en la última década.

Manuel Alcántara, Supervisor Creativo de Parnaso

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